La primera lección paracaidista: saber caer de pie…

16.01.1989 –  Zona de salto en Alcantarilla (Murcia)
Pues sí,  ya son 25 años, la foto fue tomada en la “zona de salto” utilizada por la Escuela Militar de Paracaidismo “Menéndez  Parada”  de Alcantarilla (Murcia) el 16 de enero de 1989, día de mi primer lanzamiento paracaidista.

Los padres del paracaidismo español, a mediados de los años cincuenta, siguiendo el argot clásico aeronáutico, llamaron a este acto de saltar desde las aeronaves “lanzamiento” aunque reconozco que siempre me pareció que a mi nadie me lanzaba, que era yo quien se “tiraba”, aún así entendí desde el principio que probablemente lo del “lanzamiento” les pareció más apropiada para un Caballero Legionario Paracaidista del Ejercito Español, sin duda el termino “tirarse” les sonó a caerse, algo más propio de un “pistolo” (soldado de remplazo) que de un legionario. Cosas de la milicia, cosas de españoles.
 

Escuela Militar de Paracaidismo “Mendez Parada” en Alcantarilla (Murcia)
 No recuerdo mucho de aquella semana, ahora se  cumplen 25 años de aquel curso en las instalaciones del Ejercito del Aire, de allí saldría hecho un “paraca”, aunque ya se oían comentarios de que lo peor no era saltar, que lo verdaderamente duro venia después, al llegar a Alcalá de Henares, donde debería de se nos impondría un régimen de vida de esfuerzo y sacrificio diario más allá de lo que ninguno se suponía que habría conocido hasta ese momento. Y sin duda así fue.
 
Pero en aquellos días de enero en Murcia no pensaba en nada de eso más de lo imprescindible, porque lo que de verdad me preocupaba era superar mis primeros siete saltos sin sufrir ninguna lesión que me impidiese recibir mi Titulo de Cazador Paracaidista. Seria algo así como mi pasaporte a la I Bandera de Paracaidistas, de las tres banderas la primera era la que más destacaba quizás por su actuación en la Guerra de Ifni o quizás por su altísimo nivel de preparación, lo cierto es que era el batallón al que yo deseaba pertenecer. Deseo cumplido.
 
Recuerdo también lo complicado de la convivencia de aquellos días, la tensión se mascaba y los nervios hacían estragos, y allí estábamos un montón de chavales jovencísimos de la más variada condición moral y social, ademas la diversidad de confesiones y de origen era evidente, tanto que allí se representaba toda España desde Finisterre a Melilla, pero a diferencia de lo que hoy posiblemente pasaría, en aquellos tiempos a todos nos unía nuestra lengua común, el castellano o español (según se prefiera) y nuestro amor al riesgo, insensatez o desprecio al más elemental sentido del miedo (también en esto como se quiera entender).
 
Como anécdota de las que no se olvidan recordaré siempre lo fácil que me resultó el primer salto y sin embargo como el segundo lo sentí de otra manera, quizás porque ya sabía a lo que iba, sabia lo minúsculo que uno se siente después de vencer al vacío, me conocía zarandeado por el aire, y lo raro que es sentir que el único sustento que tienes es un saco de seda al que te estás agarrando, y al que ya le estas dando gracias por haberse abierto de forma tan leal para sujetarte allá arriba.
Y algo mas, por mucho que imaginabas que tendrías la sensación de volar, no la tienes, por más que pensaste que podrías mirar al cielo, no lo ves. En lugar de eso miras arriba sobre tu cabeza y en lugar de ver el cielo, para encomendarte a él, ves la seda verde y si miras abajo ves como el cielo te come. Sinceramente, en ese momento no me pareció tan bucólico como lo había imaginado. Lo mejor era mirar al frente, al horizonte, como si aquellos minutos de descenso estuvieran marcando mi destino. De todas formas es justo decir que hay unos segundos en el aire que con el tiempo aprendes a disfrutar, hay un momento de silencio irrepetible en cada salto que te recuerda la diferencia entre la vida y la muerte y que te hace reflexionar sobre el valor de la primera.
Cuando llegué a mi tercer salto, perdí definitivamente todo atisbo de miedo, aquella mañana empecé a ser consciente de la realidad, yo no estaba allí para tirarme de un avión, me gustase o no, ese no era el motivo, solo era la forma de llegar a mi objetivo y el lanzamiento se podría decir que solo era la parte “deportiva”.
Curso Paracaidista 516 – Año de ingreso 1988
 En aquellos días empecé a ser consciente, superados mis primeros miedos, de que algún día, abajo, en el duro suelo que ahora parecía que me iba a tragar, me estaría esperando la oportunidad de vivir o morir, ofreciendo la primera opción a mi patria una vez más, o consumiendo la segunda en el combate para siempre.
 
 Al regresar a nuestra Base en Jabalí Nuevo (Murcia) con mi titulo de paracaidista bajo el brazo, reflexione sobre aquello y lo vi todo mas claro, y durante el resto del tiempo que duró la instrucción aprendí definitivamente cual es el verdadero espíritu de un legionario paracaidista, porque nosotros sabemos muy bien que el suelo es nuestro primer enemigo pero superado este, siempre esperamos lo peor.
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Publicado en BRIPAC
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