Los últimos cruzados españoles. La masacre de Krasny Bor.

“Al salir de España sola se quedó llorando mi marcha la niña de mi amor”…es la primera estrofa de la adaptación española del clásico alemán “Lili Marlen”.

Así canturreaban en sus vagones al partir de Madrid los jóvenes y valientes españoles que eligieron en 1941, devolverle la visita a Stalin y volver a luchar contra el mismo enemigo, esta vez, ya no solo por sus familias, sus pueblos o su nación, sino por Europa, tal como la entendían aquellos soldados.

Para ellos la cuna de la civilización occidental y cristiana estaba amenazada por las zarpas del comunismo genocida y su voz les reclamaba ayuda desde la nieve y el hielo de las estepas siberianas.

Una División de 47.000 voluntarios españoles acudieron firmemente convencidos de que ésta era su “gran cruzada”. De ellos, 4500 murieron, 8000 sufrieron heridas, 7800 padecieron enfermedades y 1600 congelaciones, a cambio, a su regreso en su patria, una palmadita en el hombro.

Ayer se les ignoró, hoy se les maldice. Al final, ironías de la historia, lo más digno que les quedó, fueron las sinceras palabras que les dedicaría, antes de regresar, el propio Führer, destacando su “lealtad y una valentía llevadas hasta la muerte”.

Mal síntoma de salud será para mi el día que yo deje de recordar en estos días de febrero la Batalla de Krasni Bor.

Aquel 10 de febrero en Krasni Bor cayó el 53 por ciento de las fuerzas españolas que allí les tocó combatir. Hubo 1.127 fallecidos, 1.035 heridos y 91 desaparecidos. En total, 2.253 bajas además se calcula que 300 españoles cayeron prisioneros. Una carnicería.

Nuestros soldados voluntarios, reclutados en gran medida entre las milicias populares de La Falange de José Antonio, o lo que quedaba de ella, quizás no fueron los más técnicos ni los más profesionales de la Wehrmacht, pero si en algo destacaron, fue en su ferocidad frente al enemigo y en su trato humanitario con la población civil, de hecho, no pocas lágrimas se vertieron por parte de los paisanos cuando los españoles fueron relevados por sus camaradas alemanes.

Son estas, y no otras, las credenciales de aquella “División Azul” de voluntarios españoles que lucharon por amor a sus ideales, y murieron combatiendo el avance del comunismo bolchevique en Europa, y volvieron a casa con la conciencia limpia de haber servido a “una causa justa y noble”, lo que indudablemente no es fácil de garantizar de las contiendas en las que los soldados de los ejércitos aliados participaron a lo largo de las siguientes décadas del siglo XX.

1944. La guerra está perdida. Cae cerrado el otoño en un triste Madrid de posguerra, un joven soldado con su camisa azul ya casi parda, y barba de cuatro días que acentúa su desaliño, abre la ventana del viejo tren que casi se esta deteniendo ya. Su mirada, que había traído perdida durante horas en tantos asientos vacíos, se revuelve ahora buscando el fondo del andén, estirando el cuello por fuera del ventanuco otea el horizonte, mientras los nervios le obligan a tararear en susurros un gastada cantinela: “Me voy pensando en ti. Adiós, Lili Marlen”… Pero en Madrid, la Estación del Norte está vacía, más bien desierta, ella no estará esperandole y ahora el frío lo siente en el alma.

Fotos: Augusto Ferrer-Dalmau

 

Alfonso Arteseros en ESPAÑA EN LA MEMORIA Nº22: LA DIVISIÓN AZUL

 

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